Falk you!

Peter Falk solía ser un tipo encorvado, atrapado en una gabardina inglesa perfectamente arrugada, calzado de negros bostonianos a punto de desparramarse, mirada extraviadísima, sonrisa recurrente y un tono de voz que no distaba mucho del ulular de las ambulancias en la bruma matutina. Peter Falk era, al mismo tiempo, el detective Columbo que hoy sería visto con repugnancia por las buenas conciencias debido a sus imperecederas urgencias de café y cigarrillos. Sin importar que ambos hubieran estropeado más crímenes perfectos de los que cualquier burócrata de la seguridad pudiera sentirse orgulloso, gracias a los diabólicos engranajes de su materia gris inoculada con el síndrome de la sospecha.

En un presente atiborrado de hijos putativos de Harry el sucio, resulta conmovedor que aún se le rinda culto a Falk-Columbo, tan ajeno a cualquier forma del glamur, el high tech y la hiperviolencia CSI.

Columbo, a lo largo de su accidentada carrera, hizo suficientes méritos para ser reconocido con agrado por los adictos al televisor como el último de los héroes fundamentalmente antiguapo.

El sabía, desde las profundidades de sus racionales pesquisas (bajo una aparente ingenuidad de detective anti-Sam Spade, siempre en la evocación de su inescrutable esposa que debía ser como personaje de Agatha Christie, se resguardaba una agudeza superior) que, sin darnos cuenta, los humanos andamos por la vida con unos fisgones invisibles a nuestras espaldas. Ellos, que en realidad no son sino ángeles cuajados de dudas existenciales, le aplican marcación personal a esas criaturas para escuchar sus conversaciones, sorprenderlos en los más íntimos encuentros, deconstruir los mecanismos de sus angustias, y sorprenderse con las inverosímiles acciones que se desencadenan cuando sus pasiones transitan por las vías rápidas de la nostalgia y el túnel oscurísimo de la decepción. Pero éstos ángeles, a pesacon de su legitimidad fantástica, son incapaces de sentir el calor de una vela, la humedad almacenada en las lenguas que intercambian exploraciones, el frío punzante donde se resguardan los segundos que preceden a la muerte, o las peripecias que habrá de sufrir el amor entes de apoltronarse en el corazón de cada quien.

Por eso, Peter Falk, que algún día gritó aquello de “¡No disparen, soy dentista!”, fue llevado a la factoría de insólitas historias del funambulista Win Wenders, para que le diera tensión dramática a un filme poblado de alucines como Las alas del deseo, donde los ángeles estaban condenados a observar a los terrícolas en blanco y negro. Ellos, inmortales, ni siquiera podía imaginarse las coloraciones que nutren una ciudad como ese Berlín dividido por un muro tapizado de grafitis que proyectaban todos los pecados de la intolerancia y el fervor.

Así, Peter Falk, alias Columbo, fue incorporado a este selecto grupo de ángeles destinados a ver llover y no mojarse, alimentando su curiosidad morbosa por eso indescifrables seres diseminados sobre la faz de la Tierra. Fue debido a las tentaciones humanas, que un día renunció a sus privilegios de emisario alado de Dios, y vendió su vieja armadura de oriundo de los cielos como el monje que vende un Ferrari, para convertirse en actor. Ese cambio de piel lo obligó a vivir más experiencias de las que conoció en los altares. Eso explica que se haya sentido obligado a tentar a los demás ángeles, cada vez que intuye la presencia próxima de alguno, con discursos vehementes sobre el inigualable aroma del café, la espléndida sensación de la tierra mojada y el encanto natural de los atardeceres a color. Por supuesto la gente que ve a un tipo como Falk hablando y manoteando para un ser invisible al que trata de evangelizar, asume que se ha pirado.

Win Wenders no hizo Las alas del deseo para pasearse en los atajos del arrepentimiento. Win Wenders construyó esa representación onírica de la tangibilidad de las búsquedas alternas del espíritu, para cerciorarse de que aspirar a la sociología de la vida cotidiana (error en el que tropieza constantemente el cine con pretensiones), significa arrojar por el caño a la posibilidad y manifestación de lo sublime en la monotonía cotidiana.

Con su muerte, que nadie podría calificar de repentina, Columbo, alias Peter Falk, obligará con más vigor a los ángeles a disfrutar de la experiencia salvaje de estar vivos. El hombre de la gabardina y los ojos desgobernados ha vuelto a esa dimensión irresoluble.

Jairo Calixto Albarrán
Fuente: http://impreso.milenio.com/node/8982425