Comenzaron a llegar las facturas con el aumento en las tarifas eléctricas. Potenciado con el creciente consumo eléctrico de un bimestre noviembre – diciembre de altas temperaturas, que encendió el voraz aire acondicionado.Los aumentos arrancan en el 50%, y llegan a superar el 300% o 400%. Estas subas ya estaban contempladas en el anuncio oficial (Servicio de Energía Eléctrica, Reducción de Subsidios). El nuevo esquema fue presentado como parte de “la política nacional de redistribución del ingreso”, el impulso al “uso racional de la energía”, y un ahorro de $ 807 millones anuales en subsidios.
La sorpresa del alto impacto se debe a dos componentes de la factura: el Plan de Uso Racional de la Energía (Puree) que sigue como modalidad de castigo y las altas tasas impositivas contenidas en las facturas.
Seguir esa modalidad de castigo, con una tarifa más alta produce un aumento exponencial. El tarifazo se potencia por el alto nivel de porcentaje para impuestos. En las tarifas de Edesur y Edenor, la combinación del cargo fijo (incremento superior al 60%) y variable (subió desde 144% a 466%) conforman la tarifa base. A ella se le agrega el Puree y surge el Subtotal por Servicio Eléctrico. Al que se le suma los impuestos: Casi 30% -incluido un fondo para Santa Cruz-.
La nefasta combinación de todo ello, sumada a una escasa cultura del ahorro energético, provocó que por ejemplo un usuario que consumió 164% más electricidad afronte una factura casi 1.100% más cara, llegando a $ 1.325.
Los aumentos rigen para los usuarios que consumen más de 1.001 kilowatts/hora por bimestre, con mayores penalidades para quienes superen los 1.400 y peores por encima de los 2.800. El problema con el límite base del aumento –los 1.001 kWh– es que puede darse en un hogar de clase media con aire acondicionado; pero también en uno del Gran Buenos Aires con escasa presión de agua, obligado por ello a usar la bomba eléctrica muchas horas para llenar el tanque.
Durante mis años de estudiante en la universidad una de las primeras cosas que aprendí fue a no llamar “impuestos” a las facturas de luz y gas. Sucede que mi casa cuando llegaban esas facturas se decía” llegaron los “impuestos”. En vano traté de explicarle a mi papá que esos no eran “impuestos” sino servicios, a lo que él siempre respondía “nene, estos son más impuestos que los impuestos que vos decís. Son impuestos por la necesidad de tener luz y gas, y hay que pagarlo si o si. Asique fijate sin son o no son impuestos”. Confieso que nunca pude revertir esa lógica.
