La expresión “¿Quién levanta el muerto?”, equivalente a quién se hace cargo o paga alguna deuda, surgió de una práctica porteña del siglo XVIII. Hasta la década de 1820, cada vez que aparecía un cuerpo sin vida en las calles polvorientas de la ciudad, las autoridades depositaban el cadáver debajo de la arquería del Cabildo, a la vista de los caminantes, con la esperanza de que alguien lo reconociera y se hiciera cargo de su sepelio. Como eso casi nunca sucedía, optaron por dejar a los pies del difunto un recipiente de modo que la gente arrojara monedas para costear el entierro.