El detective de lo irreal

El detective de lo irreal

Toda la Inglaterra victoriana, experta y razonada, está en Sherlock Holmes, un personaje mucho más eficaz que su autor, sir Conan Doyle, que, cuando opinó sobre los crímenes reales de Jack el Destripador no dio pie con bola. O, mejor dicho, ofreció una pueril conjetura -que el asesino debía vestirse de mujer para no infundir temor a sus víctimas mujeres- pero ninguna inducción que revelara el misterio atroz de la barriada de Whitechapel.
¿Cómo puede ser que el método de Holmes no funcionara en la vida real? Esto es fácil de responder: su padre, Doyle, sabía previamente quién era el asesino en la ficción. Luego inventaba las pistas y Sherlock desandaba el camino.
Victoria, su reinado largo y ordenado; Londres, el sistema social, Holmes y su método: todo era irreal. Bastó el cuchillo de Jack para demostrarlo. Ese estilete dejó a la vista la miseria proletaria de un barrio londinerise pegado a la City. Y tambien reveló que no existían métodos cientificos capaces de acorralar a un asesino que tenía un limitado radio de acción, y además anunciaba sus eríxnenes a Scotland Yard.
Aquello ocurrió a fines de los 80 del siglo pasado, cuando el ficticio Holmes deleitaba a los lectores de periódicos.
Sherlock no conjeturaba: inducía. Armaba un razonamiento de atrás para adelante. Si hay un cabello en la escena del crimen, el asesino es un hombre al que le falta un cabello. Pero la sociedad no funcionaba de ese modo exactamente.
Lo peor es que Sherlock tal vez lo sabía. Neurótico, calmaba sus nervios en los momentos de inactividad tocando malamente el violín y usando estupefacientes. Como a la espera de otro crimen que pudiera densentrañar, para mostrar una vez más que la realidad es descifrable, que el horror es entendible.
Por eso es querible Sherlock: por su tremenda y contagiosa ingenuidad científica; por el pudor para mitigar a solas su ansiedad insatisfecha; porque representaba el máximo de civilización enfrentado a la oscura irracionalidad. Esto convirtió su saga en un mito vivienté.